De cómo los árboles dejaron de hablar

Estonia y Finlandia

 

Hace muchísimos años, cuando el ser humano aún era capaz de imaginar, un hombre salió de su cabaña y se adentró en el bosque con el fin de hacer leña. Se topó con un abedul muy recto, y decidió que aquel árbol le serviría. Dejó el zurrón en el suelo y empuñó el hacha, pero, justo cuando iba a lanzar el filo de su hacha contra el blanco tronco, escuchó al árbol rogar lastimeramente:

―¡Por favor, no me tales! ¡Déjame vivir! Todavía soy joven y no he tenido ocasión de disfrutar de la vida. Además, yo te puedo ser muy útil, pues con mi piel puedes hacer cestas, y con mis ramitas escobas.

El hombre se quedó muy sorprendido, pues nunca había oído hablar a un árbol. El caso es que se apiadó del abedul y prosiguió su camino, hasta que se encontró con un roble. Nuevamente, dejó el zurrón en el suelo y agarró el hacha; pero, cuando iba a lanzar el doloroso tajo, escuchó nuevamente una voz.

―¡No me mates! –dijo el roble– Aún tengo mucha vida por delante, pues puedo vivir miles de años, y piensa que mis bellotas alimentan a los animales del bosque, de los cuales te alimentas tú después.

El hombre bajó el hacha y reflexionó sobre lo que había dicho el roble. «Sí, tiene razón», pensó para sí. De modo que prosiguió su camino con la esperanza de encontrar algún árbol que no hablara, hasta que se encontró con un fresno de estilizadas hojas, que también le habló.

―¡Quiero vivir! ¡No me mates, por favor! Piensa que, cuando te hagas mayor vas a necesitar mis hojas, pues yo puedo aliviar el reuma y la gota.

El hombre siguió adelante y se encontró con un arce, que también le dijo quejumbroso:

―¡Deja que viva! ¿No ves que mi sabia no sólo es saludable para ti, sino que de ella se alimentan muchas criaturas del bosque? ¿Qué será de ellas si tú me matas?

Y así prosiguieron las cosas durante aquella mañana, con el álamo temblón pidiendo clemencia porque el rumor de sus hojas podría relajarle cuando se sintiera tenso; el abeto, la pícea y el pino suplicándole que no les derribara porque, entonces, ¿cómo se iban a proteger del frío los pájaros en invierno? «¿No ves que, llegada la primavera, echarías de menos su canto en las mañanas?», añadieron; a lo que se sumó el serbal:

―Mis frutos aún están verdes –dijo–, ¿y qué comerán los pájaros en invierno si tú me talas?

Pero el razonamiento definitivo se lo dio el enebro, que incluso se puso a llorar, suplicando no ya por él, sino por todas las criaturas del bosque, pues es el árbol que les trae la felicidad a todos.

―El jugo de mis frutos es capaz de curar hasta noventa y nueve enfermedades en todos los seres –explicó–. Si me matas, harás un gran daño a todos los seres con los que convives, de los que te alimentas y de los que obtienes abrigo y objetos útiles para tu supervivencia.

Finalmente, el hombre dejó el zurrón en el suelo por enésima vez, dejó el hacha a un lado del zurrón y se sentó a pensar sobre una roca. ¿Qué iba a hacer ahora? No tenía corazón para acabar con la vida de ninguno de aquellos árboles. Sin embargo, él necesitaba leña, con la cual hacer fuego para calentarse y cocinar. ¡Su familia necesitaba ese fuego!

Entonces, se le ocurrió una idea:

«Los árboles se desprenden de sus ramas secas, y algunas de ellas son realmente grandes. Con esas ramas nos podemos calentar y podemos cocinar nuestros alimentos. En realidad, no tiene sentido que mate a ningún árbol.»

Justo en ese momento, un hombrecillo de larga barba gris emergió por entre los árboles. Vestía una camisa de corteza de abedul y un abrigo de corteza de pícea, e iba tocado con un gorro decorado con bellotas.

―Has tomado una sabia decisión –dijo el hombrecillo, como si hubiera podido escuchar los pensamientos del hombre del zurrón–. Yo soy el espíritu de los bosques, y te doy las gracias por haber evitado dar muerte a mis hijos.

»Como muestra de gratitud –prosiguió–, te voy a regalar algo.»

Y el hombrecillo le entregó una varita de madera de tejo finamente tallada.

―Cada vez que necesites algo –dijo el hombrecillo–, muestra la varita y pídelo, y todos los seres estarán encantados de ayudarte, a cambio de tu bondad con los árboles.

»Si necesitas miel, saca la varita y muéstrasela a las abejas, y las abejas te traerán miel.

»Si quieres moras, saca la varita y muéstrasela a los pájaros, y los pájaros te traerán las moras.

»Si necesitas labrar tus campos, muéstrasela a los topos, y ellos te harán el trabajo.

»Si necesitas construir un granero, muéstrasela a las hormigas, explícales lo que necesitas y ellas lo construirán.

»Los árboles te darán su savia y sus jugos sanadores, y las arañas tejerán tu ropa con seda, lino o lanas, según tus deseos. Pero, ten cuidado con una cosa –le advirtió el hombrecillo poniéndose de pronto muy serio–: jamás pidas algo contra natura o imposible, porque, entonces, el infortunio caerá sobre ti.»

Y, sin esperar siquiera a que le diera las gracias, el hombrecillo abrió los ojos de par en par, se llevó el dedo índice de la mano derecha a la punta de la nariz y desapareció.

Tras reponerse de la sorpresa de la aparición del espíritu de los bosques, el hombre no perdió el tiempo en preguntarse qué podía hacer con la varita de tejo, y lo primero que hizo fue pedir la ayuda de un ciervo para que cargara con la leña de ramas secas que iba recogiendo en su camino de vuelta a casa.

Su vida y la de su familia cambiaron radicalmente a partir de aquel día. A los pájaros les pidió que reparasen el techo de su cabaña y lo cubrieran de musgo, para taponar goteras y aislar la casa de humedades; y a topos y hormigas les encomendó que labrarán y sembraran con cereales el campo familiar, para disponer de pan todo el año, mientras los renos lo abonaban y removían con sus patas entre cosecha y siembra. A los patos les pidió que hicieran acopio de sus plumas desprendidas para hacerle a su esposa un colchón digno de una reina y a los castores les encomendó que hicieran una pequeña represa en el río cercano, para que sus hijos se bañaran en verano.

También convocó a los cuervos para que, acercándose al mar, pidieran a sus hermanas las gaviotas que buscaran una pieza grande de ámbar en las playas; y, cuando se la trajeron, invocó a las ardillas para que, con sus dientes, la tallaran hasta darle las facetas de una joya, que luego colgó del cuello de su esposa en el día de su aniversario.

Y el hombre que una vez salió a talar un árbol y volvió con una varita de tejo vivió feliz hasta el fin de sus días, teniendo siempre en cuenta la advertencia que le hiciera el espíritu de los bosques. Dejó en herencia la varita de tejo a sus hijos, que vivieron igualmente dichosos, con todas sus necesidades cubiertas hasta el fin de sus días.

Sin embargo, cuando llegó a la tercera generación, la varita de tejo cayó en manos de un necio, que haciendo caso omiso a lo que le habían transmitido sus padres, comenzó a pedir cosas absurdas e innecesarias, que sólo satisfacían su curiosidad, su vanidad o su codicia.

Finalmente, un día, queriendo poner a prueba el poder de la varita, por ver si podía pedir cosas aún más fabulosas, el necio quiso ordenarle al Sol que brillara en aquellas frías tierras del norte como lo hacía en las regiones más cálidas del sur. Claro está que esto iba contra natura, dado que no había tenido en cuenta al resto de seres que vivían y prosperaban en las regiones frías del norte. Con una decisión así, los iba a condenar a la extinción, sólo porque él quería disfrutar de un clima tropical.

Claro está que su deseo era imposible de complacer, pues no hacía otra cosa que buscar su propio bien personal obviando el bien común de todos los seres que habían ayudado a su familia durante tres generaciones. Y, así, la varita de tejo desapareció entre sus manos, para después hacer desaparecer al hombre necio, de quien nunca más se supo.

Al ver lo sucedido, los árboles se entristecieron profundamente, pues no deseaban ningún mal a ser alguno. Celebraron un consejo de árboles para pensar qué debían hacer a partir de entonces, y decidieron que, para evitar otra situación similar, sería mejor no volver a hablar nunca más a ningún ser humano.

―Los humanos son jóvenes todavía, y tienen que crecer –dijo el más anciano de ellos, que era precisamente un tejo–. Mejor será no dirigirnos más a ellos, salvo que demuestren la madurez suficiente como para pensar en toda la comunidad de vida antes que en sí mismos.

Y así fue como los árboles dejaron de hablar a los seres humanos y cómo, desde entonces, cuando los árboles hablan entre ellos en los bosques por encima de nuestras cabezas, nos parece escuchar un misterioso susurro de voces.

 

Adaptación de Grian A. Cutanda (2020).

Bajo licencia Creative Commons CC BY-NC-SA.

 

Comentarios

Es éste un relato que transmite un buen número de ideas y valores ecocéntricos, pero, además, incide especialmente en el desarrollo del pensamiento sistémico, en tanto en cuanto la historia nos hace ver las interconexiones e interdependencias sistémicas que se dan en la naturaleza y, sin las cuales, la vida humana sería imposible.

De este relato se puede encontrar una adaptación más concisa y más adecuada para un público infantil en la versión de Margaret Read MacDonald (2012) cuya referencia se puede encontrar abajo.

 

Fuentes

  • Livo, N. y Livo, G. (1999). How the Trees Lost Their Power of Speech. En The Enchanted Wood and Other Tales from Finland, (pp. 150-153). Englewood, CO: Libraries Unlimited, Inc.
  • Livo, N. y Livo, G. (2015). How the Trees Lost Their Power of Speech. En MacDonald, M. R. (ed.), Storyteller’s Sampler: Tales from Tellers Around the World, (pp. 34-36). Santa Barbara, CA: Libraries Unilimited.
  • Maas, S. y Hoffman, P. (1978). The Sea Wedding and Other Stories from Estonia. Minneapolis, MN: Dillon Press.
  • MacDonald, M. R. (2012). Mikku and the Trees. Spirit of Trees: Educational resources website. Recuperado de: http://spiritoftrees.org/mikku-and-the-trees

 

Texto asociado de la Carta de la Tierra

Principio 7c: Promover el desarrollo, la adopción y la transferencia equitativa de tecnologías ambientalmente sanas.

 

Otros pasajes de la Carta que puede ilustrar

Preámbulo: La Tierra, nuestro hogar.- La capacidad de recuperación de la comunidad de vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación de una biosfera saludable, con todos sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio.

Preámbulo: La situación global.- Los patrones dominantes de producción y consumo están causando devastación ambiental, agotamiento de recursos y una extinción masiva de especies.

Preámbulo: Los retos venideros.- La elección es nuestra: formar una sociedad global para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros o arriesgarnos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida.

Preámbulo: Responsabilidad Universal.- Para llevar a cabo estas aspiraciones, debemos tomar la decisión de vivir de acuerdo con un sentido de responsabilidad universal, identificándonos con toda la comunidad terrestre, al igual que con nuestras comunidades locales.

Principio 1a: Reconocer que todos los seres son interdependientes y que toda forma de vida tiene valor, independientemente de su utilidad para los seres humanos.

Principio 2a: Aceptar que el derecho a poseer, administrar y utilizar los recursos naturales conduce hacia el deber de prevenir daños ambientales y proteger los derechos de las personas.

Principio 6a: Tomar medidas para evitar la posibilidad de daños ambientales graves o irreversibles, aun cuando el conocimiento científico sea incompleto o inconcluso.

Principio 6c: Asegurar que la toma de decisiones contemple las consecuencias acumulativas, a largo término, indirectas, de larga distancia y globales de las actividades humanas.

Principio 7b: Actuar con moderación y eficiencia al utilizar energía y tratar de depender cada vez más de los recursos de energía renovables, tales como la solar y eólica.

Principio 10d: Involucrar e informar a las corporaciones multinacionales y a los organismos financieros internacionales para que actúen transparentemente por el bien público y exigirles responsabilidad por las consecuencias de sus actividades.