El joven loco y el anciano

Palestina

 

En cierta ocasión hubo una mujer viuda con un hijo que, según ella, era muy inteligente. La mujer, sin marido desde muy joven, había realizado grandes esfuerzos para que el muchacho se convirtiera en un hombre de bien, inteligente y capaz, y pensaba que había llegado el momento de que encontrara pareja y emprendiera una nueva vida por sí mismo.

         Un día el joven se ofreció a acompañar a un anciano al que acababa de conocer a hacer algunos recados. El anciano accedió gustoso, y entonces el joven le preguntó:

         ―¿Me lleva usted a mí o le llevo yo a usted?

         ―¿Cómo me vas a llevar a mí, que peso mucho más que tú? –respondió el anciano, que no salía de su asombro ante la extraña pregunta del joven– ¿Y cómo voy a llevarte yo a ti, siendo tan viejo?

         En su camino, pasaron por un altozano desde el cual se contemplaba un gran campo de trigo verde meciéndose bajo la brisa.

         ―¿Cree usted que el agricultor se comerá esta cosecha o no? –preguntó el joven al anciano, mientras miraba el campo haciéndose visera con la mano.

         Pero el anciano no respondió esta vez, pensando que quizás el joven estaba loco y por eso hacía preguntas tan extrañas.

         Al atardecer, mientras recorrían las calles, pasaron por delante de un gran edificio adornado con brillantes luces, y el anciano comentó:

         ―¡Qué edificio más bonito!

         A lo cual el joven respondió:

         ―Pues a mí me parece oscuro y sin luz.

         El anciano se le quedó mirando y no dijo nada, comenzando a confirmar la sospecha de que el joven, que tan amable se había mostrado para acompañarle, no debía estar en sus cabales.

         Poco después, pasaron por un callejón oscuro, donde un grupo de niños jugaba y corría de un lado a otro entre gritos de alborozo.

         ―¡Qué callejón más oscuro y sucio! –comentó el anciano.

         ―Pues a mí me parece muy luminoso, y más hermoso que la casa que vimos antes ―replicó el joven.

         Aquello fue ya demasiado para el anciano, que ya se sentía incómodo en compañía del joven, convencido, ahora sí, de que estaba loco.

         Finalmente, el anciano regresó a su casa, mientras el joven emprendía también el regreso para ver a su madre. El anciano tenía una hija y, cuando entró en la casa, le comentó lo ocurrido con el joven loco.

         ―¡Ese chico no está loco, padre! –respondió la hija sorprendida–. Todo lo contrario. ¡Es muy inteligente!

         El padre puso cara de no comprender.

         ―Cuando le dijo a usted que quién llevaba a quién, lo que quería decir es que quién contaba algo a quién para que el camino se les hiciera más corto.

         El padre levantó una ceja, pensando que quizás tenía razón su hija.

         ―Cuando le dijo si el agricultor se comería la cosecha –continuó la hija–, estaba preguntándose si el campo y la cosecha le pertenecerían por completo al agricultor, o si habría tenido que pedir prestado dinero y la cosecha sería del prestamista.

         El anciano frunció el ceño haciendo un esfuerzo por seguir los razonamientos de su hija.

         ―Y cuando pasaron frente al edificio grande y por el callejón oscuro y sucio –concluyó la chica–, la belleza y la luz estaban, para él, en la alegría de los niños, padre.

         Y añadió con una sonrisa pícara:

         ―Me gustaría conocer a ese joven, padre.

         A la mañana siguiente, la chica le envió treinta huevos y una gran hogaza de pan al inteligente joven, con la esperanza de que éste comprendería su mensaje. Cuando el recadero le hizo entrega del regalo, el joven preguntó quién se lo había enviado.

         ―La hija del anciano al que usted acompañó ayer –respondió el recadero–. Espera que usted acepté este regalo.

         El joven sonrió, y dijo:

         ―Pues contéstale esto: “Tu mes y tu pan no están completos”.

         El recadero volvió y le transmitió a la muchacha el mensaje recibido, y ella supo que el joven iría a conocerla al cabo de veintinueve días.    Y así fue.

         Cuando el joven llegó, el anciano le pidió disculpas por no haberle entendido y haber pensado que estaba loco, y el joven le dijo que lo entendía y que no hacía falta que se disculpara.

         No mucho después, la madre del joven y el anciano se conocían para comenzar a hacer planes con los preparativos de boda.

 

Adaptación de Grian A. Cutanda (2019).

Bajo licencia Creative Commons CC BY-NC-SA.

 

Comentarios

La verdadera sabiduría puede parecer locura para el necio, del mismo modo que, para la arrogante mentalidad occidental, la sabiduría sistémica de otros pueblos se le antojó ignorancia, cuando no salvajismo.

Sin embargo, la prueba de la ignorancia y el salvajismo se ha llegado a hacer plenamente patente a través del imperio hegemónico del pensamiento occidental, con un “salvajismo” social que sólo tiene en cuenta las necesidades y los beneficios de una minoría privilegiada, y con una destrucción del mundo natural que amenaza con acabar con la vida en la Tierra.

Como dice la Carta de la Tierra, necesitamos un cambio de mente y corazón, aunque eso pueda parecer “locura” para el marco de valores imperante.

 

Fuentes

  • Al Mawrid (1996). Stories from Bethleem: Manual for English language teaching. Ramallah.
  • Arab Educational Institute (1999). Moral Stories from Palestine. Bethlehem: Culture Palestine Series.

 

Texto asociado de la Carta de la Tierra

El camino hacia adelante: El proceso requerirá un cambio de mentalidad y de corazón.