Fuego en la montaña

Etiopía

 

Durante su adolescencia, Amadi había oído decir a su padre en muchas ocasiones: «No tengas amo ni patrón, e intenta trabajar siempre para ti mismo, pues pocos son los hombres justos que tratan bien a aquellos que toman bajo su mando».

Sí, había oído mucho esas palabras de labios de su padre, pero nunca les había dado más importancia que a cualquier otro sermón familiar.

Pero comenzó a entenderlo el día en que el rico comerciante para quien su padre trabajaba como cocinero le dijo a éste:

―Te voy a reducir a un tercio el salario que te he venido pagando en los últimos años. Cada vez viene más gente buscando trabajo, gente dispuesta a trabajar por la mitad. Pero, como tus comidas son sabrosas y ya estoy acostumbrado a ellas, te voy a hacer el favor de no despedirte y pagarte algo más de lo que le pagaría a otro de esos cocineros.

Y ante el gesto de frustración del cocinero, el patrón añadió severamente:

―¡Estoy siendo generoso! ¡Lo tomas o lo dejas! Ahí afuera hay gente dispuesta a cubrir tu hueco por mucho menos.

Cuando Amadi se enteró de lo sucedido, comprendió que debía abandonar el hogar familiar y dejar de ser una carga para sus progenitores. Tenía que buscar un trabajo, aunque fuera en otro lugar del país, lejos de Guragé. Pero tendría que hacerlo sin anunciar su partida, pues su padre y su madre jamás le dejarían partir sabiendo que lo hacía por facilitarle la vida a ellos.

Así pues, una noche sin luna, cuando no se oía sonido alguno en la casa ni en la calle, Amadi tomó el hatillo que había preparado antes de acostarse y, con gran sigilo, salió de la casa y se alejó en dirección a la región de Oramía, donde pensó que quizás podría encontrar trabajo.

Y así fue. A poco de llegar, un rico mercader de la zona, propietario de muchas tierras, le contrató para trabajar en sus campos. El mercader no tardó mucho en darse cuenta de que Amadi era un buen trabajador, y a buen seguro que lo habría tenido en sus campos durante muchos, muchos años. Pero Amadi se acordaba ahora de las palabras de su padre, y no hacía más que soñar con el día en que él tuviera sus propias tierras y no tuviera que rendir cuentas ante nadie. Por desgracia, la sociedad no estaba hecha para los pobres, y su paga era tan escasa que a duras penas sobrevivía con ella, por lo que lentamente se iba endeudando.

«Si no consigo hacer algo pronto, pasaré mi vida al servicio de hombres como este mercader –pensaba para sí–, y endeudándome cada vez más con los prestamistas.»

Un día, con el invierno reinando ya y con los primeros vientos gélidos azotando la región, escuchó a su jefe comentar en tono jocoso con sus capataces:

―Con noches tan frías como éstas, sería capaz de apostar cualquier cosa a que nadie es capaz de pasar una noche en la cima del Monte Sululta, y sobrevivir a la prueba.

―¿Se apostaría usted doce acres de tierra, una casa y una vaca, si alguien aceptara su apuesta? –se oyó de pronto la voz de Amadi, que sintió de pronto que se le presentaba una ocasión singular para salir del círculo vicioso de la pobreza.

El mercader, sorprendido por la osada intromisión del joven, no quiso desdecirse delante de sus capataces y le siguió el juego a Amadi.

―¡Por supuesto que me apostaría eso! –respondió incómodo– ¿Acaso te atreverías a pasar la noche en la cima del monte más alto de la región, del Monte Sululta?

―Estoy dispuesto a ello –respondió Amadi.

―¿Sin un fuego con el cual calentarte, sin comida, sin agua… y desnudo? –añadió el mercader para obligar a Amadi a retractarse.

El joven se mordió los labios, mirando al mercader pensativo por unos instantes.

―¡Sí, estoy dispuesto! –dijo al fin con determinación– Mañana por la tarde subiré a la cima del Monte Sululta y pasaré la noche allí.

Pero aún no había llegado a su dormitorio en el barrio más pobre de la ciudad cuando ya estaba dudando de la sensatez de su decisión. Por suerte, cuando llegó a la casa donde se alojaba, se encontró a su padre en la calle. El hombre había salido en su busca semanas atrás para pedirle que volviera a casa, que ya se las ingeniarían para salir adelante juntos; y, aunque le había llevado casi un mes encontrarle, había sido capaz de seguir su rastro hasta dar con él en las cercanías de Adís Abeba.

Amadi le contó a su padre la locura en la que se había embarcado. El padre escuchó a su hijo con gesto grave, y se arrepintió de haberle dicho tantas veces que era mejor no tener amo ni patrón.

―No sé si sobreviviré a la noche –dijo Amadi bajando la cabeza–. Pero, si sobrevivo, tendré mis propias tierras y mi propia casa, y trabajaré para mí –añadió levantando orgullosamente la cabeza.

A punto estuvo el padre de rogarle a su hijo que desistiera en su empeño; pero, conociéndole como le conocía, sabía que no habría nada en el mundo capaz de llevarle a revocar su decisión.

―Yo te ayudaré –le dijo finalmente con los ojos empañados por las lágrimas–. Yo subiré a una montaña que hay justo enfrente del Monte Sululta, a un farsang de distancia, y encenderé una gran hoguera. Sé que ese fuego no te va a poder calentar, hijo mío; pero, mira a la luz de mi hoguera toda la noche. No cierres los ojos por nada del mundo, ni dejes que el cansancio se apodere de ti; y, mientras mires el fuego, piensa en su calidez y piensa en mí, tu padre, que estaré ahí toda la noche con la mirada puesta en la cima del Monte Sululta. Si lo haces así, superarás la noche, por frío que sea el viento que te azote.

Al día siguiente, cuando llegó la tarde, dos sirvientes del rico mercader acompañaron a Amadi hasta la cima del Sululta y, cuando el sol estaba a punto de ponerse, le desnudaron y le abandonaron a su suerte, desandando el camino hasta la base de la montaña, para apostarse allí y vigilar que nadie subiera a ayudarle.

Cayó la noche sin luna, y las estrellas se asomaron sobre su cabeza, mientras un viento cortante y frío se levantaba para lacerar su carne e introducirse en sus huesos.

«Me temo que voy a morir aquí», pensó Amadi estremeciéndose.

Pero, en aquel momento, en la cima de la montaña que se elevaba al otro lado del valle, vio encenderse un fuego, que fue creciendo hasta convertirse en una gran hoguera. Su padre debía de estar mirándole desde allí.

Intentó sonreírle, aun a sabiendas de que no podría verle en la oscuridad, pero de su aterido rostro sólo consiguió sacar una mueca.

A medida que avanzaba la noche, el viento se iba haciendo cada vez más frío, más cortante, y la roca sobre la que se había sentado para hacerse un ovillo la sentía ahora gélida como el agua de un pozo. Pero Amadi mantenía la mirada fija en la hoguera que su padre iba alimentando con el transcurso de las horas, e intentaba imaginarle trasportando leña y más leña para calentarle el alma, ya que no podía calentarle el cuerpo.

En lo más oscuro de la noche hubo un momento en que pensó que no lo conseguiría, y a punto estuvo de cerrar los ojos para entregarse finalmente a la muerte. Pero, justo en ese momento, una gran llamarada emergió de la hoguera que seguía atendiendo su padre, y Amadi volvió a imaginarle echando leña al fuego, y volvió a sentir el amor de su padre que, a través del valle, intentaba alcanzarle y calentarle.

Finalmente, con las primeras luces del alba, el viento comenzó a menguar, y Amadi pensó que quizás sí podría superar la noche en el Sululta, mientras forcejeaba con el frío y el cansancio, intentando no cerrar los ojos en el último instante, pensando que su padre debía estar mirando hacia donde él estaba, aunque no lo viera.

Y así, poco antes de que el sol emergiera por el horizonte, los sirvientes del mercader se encaminaron de nuevo a la cima, convencidos de que encontrarían un cadáver rígido por el frío. Pero, al llegar, se sorprendieron mucho al ver a Amadi, desnudo, con los brazos abiertos, dando la bienvenida al sol. Sobrecogidos por la proeza del joven, le devolvieron sus ropas como disculpándose.

Cuando llegaron a la casa del mercader, éste abrió los ojos en su incredulidad y comenzó a interrogar a los sirvientes, por si Amadi hubiera hecho alguna trampa o alguien le hubiese ayudado. Y, al ver que no conseguía nada por esa vía, se volvió a Amadi y le preguntó:

―¿Cómo lo has hecho?

―Yo simplemente miraba un fuego en una montaña distante –respondió Amadi exhausto.

―¿Qué? ¿Que mirabas un fuego? –le espetó furioso el mercader– Pues, entonces, has perdido la apuesta. No vas a tener ni tierras ni casa ni vaca… aunque seré generoso contigo y te permitiré que sigas trabajando para mí.

Esto lo dijo porque Amadi era un esforzado trabajador, y le venía bien tenerle entre sus jornaleros por tan poco salario.

―Pero, ¿cómo podría haberme calentado con aquel fuego? –protestó Amadi– ¡Estaba al otro lado del valle!

―Hiciste trampas –insistió el codicioso mercader–, y has perdido por tanto la apuesta.

Y, dando por zanjado el asunto, se marchó del salón dejando a Amadi sólo con los sirvientes.

Amadi se sentía derrotado. De nada le había servido el tremendo sacrificio de pasar la noche desnudo en la cima del Monte Sululta. Cuando regresó a su alojamiento y encontró a su padre, le contó, exánime y desesperanzado, todo lo sucedido.

―Lleva el asunto ante un juez –le aconsejó su padre–, pero será mejor que lo hagas tú solo; pues, si tu jefe me ve, podría inventarse una trama, diciendo que yo te he ayudado.

Amadi fue ante el juez y le explicó lo sucedido, le habló de la apuesta y de su larga noche en la montaña, y le explicó por qué el rico mercader no quería cumplir con lo acordado. El juez hizo llamar al mercader, que llegó acompañado por los dos sirvientes, que atestiguaron que Amadi había dicho que había aguantado el frío del Sululta porque había estado mirando un fuego en una montaña, al otro lado del valle. Finalmente, tras escuchar a ambas partes, el juez dictaminó:

―Jovencito, has perdido la apuesta, pues tu jefe estableció la condición de que debías pasar la noche en el Monte Sululta… ¡sin ningún fuego!

―¡Pero yo no pude calentarme con ese fuego! –protestó Amadi, pero el gesto del juez y la severidad de su mirada le hicieron callar y bajar la cabeza.

Amadi volvió con su padre y le contó lo sucedido, dándose finalmente por vencido y aceptando que estaba condenado a llevar una vida de pobreza, a las órdenes de un patrón tramposo e inmisericorde.

―Imaginaba que sucedería algo así, hijo mío –confesó el padre–. Desde tiempos inmemoriales, los jueces han fallado, salvo honrosas excepciones, en favor de los poderosos y en contra de los más humildes.

Y, poniéndose en pie, añadió:

―Pero esta pugna no ha terminado. Tengo un viejo amigo en Adís Abeba bien situado en la administración de la ciudad, y estoy seguro de que él me ayudará a convencer a tu jefe… y al juez.

Pocos días después, el amigo del padre de Amadi invitaba al rico mercader y al juez a un festín en su casa, adonde llegaron vistiendo sus mejores galas y acompañados por sus sirvientes. Les hicieron pasar a un lujoso salón y les hicieron sentarse ante una mesa exquisitamente dispuesta, pero todavía sin manjares.

De la cocina comenzaron a llegarles los aromas de exquisitos platos: el aroma del watt, un estofado de carne picada con especias que se acompaña de injera, una torta fina de pan; y, cómo no, carnes asadas y salsas exóticas de todos los tipos… y aromas.

Sin embargo, pasaba el tiempo y de la cocina no salía la comida. No sólo eso, su anfitrión había desaparecido, de modo que, tras las superficiales y breves conversaciones con las que se reconocieron, el mercader y el juez se sumieron en un silencio incómodo, sólo aderezado por los excitantes olores que salían de la cocina.

Finalmente, al cabo de un tiempo más que prolongado, el amigo del padre entró en el salón, y el juez, con quien había tenido una mayor familiaridad, le dijo ciertamente molesto:

―Querido amigo, ¿por qué nos está usted haciendo esto, habiéndonos invitado a un festín para luego no servirnos nada?

―Pero, ¿acaso no pueden ustedes aspirar los aromas de la comida? –preguntó el amigo del padre de Amadi, como si no entendiera su disgusto.

―¡Por supuesto que podemos oler los manjares! –replicó el juez– Pero oler no es comer. ¡El aroma de la comida no alimenta!

―¿Y acaso puede calentar un fuego en la cima de una montaña, a un farsang de distancia? –dijo el anfitrión, mientras Amadi y su padre entraban también en el salón.

El juez abrió los ojos sorprendido y, al comprender, bajó la cabeza avergonzado, reconociendo su error. Y el mercader, abochornado por la situación que en su insensatez había generado, se puso en pie y le pidió disculpas a Amadi, afirmando que ciertamente había ganado la apuesta y que le haría entrega de los doce acres de tierra, la casa y la vaca en cuanto redactara y firmara los documentos que lo acreditaban.

―Pues, entonces –dijo el dueño de la casa en un tono más afectuoso–, celebremos con un festín el hecho de haber hallado juntos la justicia; un festín que, con un gusto exquisito, ha cocinado y les quiere ofrecer a ustedes el padre de Amadi.

Una sonrisa pícara se dibujó en el rostro del cocinero, que, entre dientes, le dijo a su hijo en un susurro:

―No tengas amo ni patrón, Salana. Nunca tengas amo ni patrón, hijo mío.

Desde aquel día, y a cuenta de haber sobrevivido en el Monte Sululta hasta que salió el sol, Amadi pasó a ser llamado Salana, «luz del sol».

 

Adaptación de Grian A. Cutanda (2020).

Bajo licencia Creative Commons CC BY-NC-SA.

Adaptación dedicada a mi padre, Benjamín Cutanda, que nos decía a mi hermano y a mí aquello de «No tengas amo ni patrón…»

 

Comentarios

En La Colección de Historias de la Tierra nos marcamos desde un principio la obligación de que las personas europeas o de ascendencia europea no hiciéramos adaptaciones de relatos de pueblos tradicionales de las Américas, del África Subsahariana y de Australia. No queríamos arriesgarnos a caer en una apropiación cultural indebida tras el inmenso daño propiciado por nuestras naciones a estos pueblos a lo largo de los últimos siglos.

Sin embargo, Etiopía, aun hallándose en el África Subsahariana, tuvo la inmensa fortuna de no sufrir el colonialismo europeo en su historia. La única imposición europea que sufrió fue el de la ocupación fascista italiana entre 1936 y 1941, cuando el ejército británico expulsó a las tropas de Mussolini, durante la II Guerra Mundial. Ése es el motivo por el cual me he atrevido a hacer una adaptación de un relato etíope, en el África Subsahariana. De todos modos, y tal como tenemos estipulado en estos asuntos, si alguna persona representativa de una cultura o nación, o algún custodio reconocido de la tradición oral, nos solicita que eliminemos de la Colección una adaptación perteneciente a su cultura o tradición, no tienen más que decírnoslo.

Por lo que se dice en las adaptaciones de este relato, haciendo provenir a Amadi –Arha en otras versiones– de Guragé, es posible que el origen de esta historia haya que trazarlo hasta el grupo etnolingüístico Guragé, cuya región se encuentra a algo más de doscientos kilómetros al suroeste de Adís Abeba. De este pueblo se dice que llegó a la zona en la Edad Media procedente del norte, como parte de una migración semita. Otra teoría afirma que el pueblo guragé procede de la región de Tigray, donde tuvo su origen el Reino de Axum, un importante reino comerciante que se desarrolló entre los siglos i y vii d.e.c. Según esta teoría, el pueblo guragé serían descendientes de los soldados del imperio axumita, que dominaron toda la región de Eritrea y Etiopía.

 

Fuentes

  • Courlander, H. y Lesau, W. (1995). The Fire on the Mountain, and Other Stories from Ethiopia and Eritrea. New York: Henry Holt & Co.
  • Dufresne, M. (2018). The Fire on the Mountain: An Ethiopian Folktale.
  • Kurtz, J. (1998). Fire on the Mountain. New York: Simon & Schuster.
  • Restivo, C. [Restivo’s Stories and Songs] (2020, Abril 9). Story: Fire on the Mountain [Vídeo]. YouTube. https://youtu.be/MPLFIBB2vtQ.

 

Texto asociado de la Carta de la Tierra

Principio 12c: Honrar y apoyar a los jóvenes de nuestras comunidades, habilitándolos para que ejerzan su papel esencial en la creación de sociedades sostenibles.

 

Otros pasajes de la Carta que puede ilustrar

Preámbulo: La situación global.- Las comunidades están siendo destruidas. Los beneficios del desarrollo no se comparten equitativamente y la brecha entre ricos y pobres se está ensanchando. La injusticia, la pobreza, la ignorancia y los conflictos violentos se manifiestan por doquier y son la causa de grandes sufrimientos. Un aumento sin precedentes de la población humana ha sobrecargado los sistemas ecológicos y sociales. Los fundamentos de la seguridad global están siendo amenazados. Estas tendencias son peligrosas, pero no inevitables.

Principio 9: Erradicar la pobreza como un imperativo ético, social y ambiental.

Principio 10a: Promover la distribución equitativa de la riqueza dentro de las naciones y entre ellas.