Nishan Shaman

Tengerismo, Pueblos Manchú, Buriato, Evenki, Daur y Nanai – Rusia, Mongolia y China

 

Hace ya largo tiempo, cientos de años atrás, hubo un funcionario del imperio llamado Boldo Bayan. Era un hombre rico, con abundantes tierras e inmensos rebaños de ganado, pero vivía con una preocupación constante, pues sólo tenía un hijo y temía no poder pasar el legado de sus antepasados si al chico le ocurría algo.

Al muchacho, que a la sazón tenía quince años, le encantaba la caza, pero nunca había podido participar en la aba, una batida de caza en la cual los cazadores se disponen en un amplio círculo para luego dirigirse hacia el centro, encerrando así a sus presas en un cerco cada vez más pequeño, dando caza de este modo a un gran número de piezas. Pero estas batidas tienen unas normas muy estrictas que, de no respetarse, se pueden infringir serios tabúes.

El caso es que el joven le pidió permiso a su padre para participar en una cacería aba, y el padre, aún con todas sus reservas y temores, no tuvo más remedio que dar su consentimiento. Pero, durante la batida, el joven debió infringir algún tabú, pues, súbitamente, se puso enfermo y murió.

Pasaron los años, y el padre y la madre se entregaron a los actos de generosidad del buyan, compartiendo parte de sus riquezas con los más necesitados y restaurando lugares sagrados. Y tal fue su bondad que la diosa Umai quiso bendecirles con un nuevo hijo, cuando Boldo Bayan contaba ya con cincuenta años de edad. Al niño le pusieron el nombre de Heregdei.

Claro está que, tras lo sucedido con su primer hijo, Heregdei creció en un ambiente sobreprotector. No le dejaban hacer nada que pudiera poner en peligro su integridad. De modo que, llegados los quince años, el muchacho sintió que había llegado el momento de exigir que se le soltara un poco la rienda. Al igual que a su hermano, a él también le gustaba la caza –de hecho, era sumamente diestro con el arco–; y, al igual que su hermano, también quiso de pronto participar en una batida aba.

―Tu hermano murió en una batida aba –le respondió Boldo Bayan con el corazón encogido por la ansiedad.

―Lo sé perfectamente, padre –respondió Heregdei–. Pero no puedo pasarme la vida encerrado en casa por miedo a que me ocurra algo. ¿Qué clase de vida sería ésa, padre? Entendedlo. Al fin y al cabo, todos tenemos que morir algún día.

Boldo Bayan comprendió que no podía negarle a su hijo que tuviera una vida y, por otra parte, sería mejor que aprendiera valerse por sí solo mientras aún fuera joven, que no alcanzar una edad en la que ya no supiera cómo abordar las distintas situaciones de la vida.

―Puedes ir –dijo finalmente el hombre, bajando la cabeza, angustiado.

De todos modos, encomendó a dos de sus sirvientes de confianza, Ahalji y Bahalji, la custodia del joven mientras estuviera en la batida.

Así pues, al día siguiente, se pertrecharon de armas y dispusieron una carreta con provisiones, prepararon los caballos, los perros de caza y los halcones, y partieron hacia las montañas.

Finalmente, Heregdei cumplió con su sueño. La partida trazó un círculo en torno a una montaña y comenzó a subir por sus laderas, dando caza a todas las presas que se les ponían a tiro mientras cerraban el cerco, y Heregdei destacó entre todos, pues cada una de sus flechas alcanzaba el blanco indefectiblemente.

Pero, súbitamente, el muchacho se sintió enfermo. Ahalji y Bahalji, preocupados, se lo llevaron de vuelta al campamento. Una vez allí, el joven se sintió morir y, antes siquiera de que pudiera pronunciar un último mensaje para su madre y su padre, cerró los ojos y expiró.

Los lamentos fueron grandes en el campamento de caza. Nadie podía creer lo que había sucedido, que también este hijo de Boldo Bayan hubiera muerto en las mismas circunstancias que su hermano, veinticinco años después.

Enviaron a Ahalji con diez jinetes para dar la noticia a los progenitores, mientras el resto del grupo preparaba el cadáver y lo transportaba con las debidas atenciones. Pero Ahalji ni siquiera pudo dar la noticia a Boldo Bayan a su llegada, pues, arrodillándose ante su señor, se echó a sollozar y no pudo articular ni una sola palabra.

Pero no hacía falta, pues Boldo Bayan no necesitaba de palabras pronunciadas por boca alguna cuando las lágrimas hablaban por sí solas. Con los ojos empañados, pero conservando la serenidad y el temple, Boldo Bayan dio las órdenes necesarias para cuando llegara el cadáver de su hijo:

―Traed ovejas, cabras y vacas, sacrificadlas y preparad comida para el banquete funerario.

Pero, cuando la comida ya estaba dispuesta y se habían preparado las largas mesas y los bancos, se escuchó un alboroto en el patio delantero de la casa. Un viejo jorobado había llegado dando gritos como si le fuera la vida en ello, exigiendo ver al funcionario imperial.

Boldo Bayan ordenó que le dieran de comer, pero el anciano se fue directo hasta el cadáver de Heregdei y, llorando, le dijo al rico funcionario:

―¿Por qué no haces nada para traer de vuelta a tu hijo, Heregdei? –preguntó, como recriminándole– ¿Por qué no has llamado a un chamán para que lo traiga de vuelta?

Boldo Bayan, sorprendido por las preguntas del anciano, respondió:

―¡Qué más quisiera yo que poder recuperar el alma de mi hijo! Pero los tres chamanes que tenemos en la región son unos farsantes, que viven de engañar a los incautos.

Y, de pronto, se detuvo como instigado por una intuición.

―¿Acaso conocéis vos a algún chamán –le preguntó al abuelo– que sea capaz de traer de vuelta el alma de mi hijo?

―Hay una chamana a orillas del río Nishinai, no muy lejos de aquí –respondió el jorobado–. Se llama Teteke, pero la llaman Nishan Shaman, y es capaz de devolverle la vida a los muertos. De hecho, podría resucitar a diez Heregdeis, si hiciera falta. ¡Pero date prisa! ¡No pierdas el tiempo!

Y, de forma tan súbita como había entrado, el anciano salió por la puerta sin probar ni un bocado, se subió en una nube de cinco colores y la nube se lo llevó directamente hasta el cielo.

―¡Ciertamente, debía ser un tenger, un dios! –exclamó Boldo Bayan al verlo desaparecer entre las nubes.

Y, sin perder ni un segundo, Boldo se postró en el lugar desde donde el tenger había abandonado la tierra y se montó en su caballo, partiendo de inmediato al galope hasta llegar al río Nishinai.

Él había estado anteriormente en aquella aldea a orillas del río, pero nunca le habían dicho que hubiera tan famosa chamana entre sus pobladores.

Al llegar, se dirigió a la primera persona que encontró, una joven que estaba tendiendo ropa junto a una casa.

―Hermana –se dirigió a ella Boldo Bayan–, ¿me podrías decir dónde puedo encontrar a Nishan Shaman?

La chica sonrió y, señalando al otro lado del río, contestó:

―Vive en la orilla occidental del río.

Boldo Bayan se dirigió rápidamente al otro lado del río y, dado que sólo había una humilde choza, pensó que la anciana que estaba sentada junto a la puerta, fumándose una pipa, debía ser la chamana. Descabalgando, se dirigió a ella, se arrodilló a sus pies y le dijo:

―Hermana mayor, ¿sois vos Nishan Shaman?

La anciana esbozó una sonrisa, como divertida, y le dijo:

―Os han engañado. Nishan Shaman vive en la orilla oriental del río.

Confundido, Boldo Bayan se puso en pie, dio las gracias a la anciana y montó de nuevo en su caballo, para regresar de inmediato al lugar de donde había venido. Fue de nuevo a la casa de la joven que estaba tendiendo ropa, que ahora debía encontrarse en el interior, pues ya no la veía. Descabalgó, se dirigió a la puerta de la casa y pidió permiso para entrar. Una vez sus ojos se habituaron a la oscuridad reinante en el interior, vio a una mujer de cabello cano, sentada, fumándose una pipa; y, sin mediar palabra, se arrodilló ante ella.

―Hermana mayor…

―Yo no soy la chamana –le interrumpió la anciana sin más miramientos–. Le están tomando el pelo, señor. La chamana es ella, mi nuera –añadió señalando a la joven que antes estaba tendiendo la ropa.

En el colmo de la confusión, Boldo Bayan se levantó de nuevo y se arrodilló delante de la joven.

―Hermana mayor, me han hablado de vos y de vuestro buen hacer con las artes espirituales –dijo el rico funcionario, para quien, en aquellas circunstancias, hacer el ridículo carecía ya de importancia–. Mi hijo, de quince años, falleció de repente ayer. ¿Por favor, podríais decirme el motivo de la muerte de mi hijo?

Nishan Shaman alargó el brazo y tomó una pequeña bolsita, de la que extrajo los shagai, los huesos de la articulación del pie de las ovejas con los que las chamanas hacen sus consultas oraculares. Arrojándolos en el suelo, tomó un taburete y su tambor de chamana, y, sentándose junto a los shagai, se puso a tocar el tambor y a cantar. Los espíritus no tardaron en entrar en ella y, mirando la disposición de los huesos, dijo:

―Escucha, escucha bien, y si lo que digo no es verdad, dímelo. Tuviste un hijo cuando tenías 25 años, pero un espíritu malvado te lo arrebató cuando, con quince años, estaba cazando. Cayó enfermo y murió. Y cuando alcanzaste los 50 años tuviste otro hijo, al que pusiste por nombre Heregdei, que, al llegar asimismo a los quince años, quiso participar también en una batida de caza. Pero tan bien lo hizo con el arco que llamó la atención de Erleg Khan, señor del inframundo, que envió a uno de sus espíritus para que arrebatara su alma.

Y, tras un breve silencio, continuó:

―En tu casa tienes un perro nacido el mismo día que tu hijo, y tienes un gallo de tres años –y en tono imperativo añadió–. Si lo que he dicho es así, di «¡Es así!»

―¡Es así! –respondió sobrecogido Boldo Bayan– Es todo tal como lo contáis. Sois una chamana asombrosa.

Y, arrojándose a sus pies, le dijo:

―¡Por favor, hermana mayor, devolvedle la vida a nuestro hijo! Si lo hacéis, os daré la mitad de todo el oro, la plata, las sedas y el ganado que poseo. Decidme que sí y daré orden a mis hombres para que lleven todas vuestras cosas a mi casa.

Y Nishan Shaman dijo que sí.

―Iré al inframundo y traeré de vuelta el alma de tu hijo.

Los hombres de Boldo Bayan llegaron con una carreta y cargaron con todo el instrumental de la chamana, ofreciéndole un caballo a ella para hacer el recorrido. Una vez en la casa del rico funcionario imperial, lo dispusieron todo siguiendo las indicaciones de la joven. Los ongones –las tallas de madera o trozos de cuero que albergan los espíritus auxiliares de la chamana– fueron depositados en el hoimor, el lugar sagrado, y Boldo Bayan se postró tres veces ante ellos. Luego, invitó a comer a la joven chamana e hizo llamar a los tres chamanes de la región para que asistieran a Nishan Shaman. Pero, cuando la joven comenzó el ritual y se puso a tocar el tambor, los tres falsos chamanes fueron incapaces de seguir el ritmo que estaba marcando ella. Deteniéndose, miró a Boldo Bayan y dijo:

―No voy a poder ir al inframundo si no pueden seguir mi ritmo. Tráeme a Nari Fiyanggo, de mi aldea. Él seguirá mi ritmo perfectamente.

El propio Boldo fue a por él y lo trajo de inmediato. Entonces, Nishan Shaman se puso su atuendo de chamana y su gorro decorado con nueve aves, y comenzó a tocar el tambor de nuevo, esta vez acompañada a la perfección por Nari Fiyanggo.

Al cabo de unos pocos minutos, los espíritus entraron en su cuerpo y le cambió el semblante, y poco después se la escuchaba sisear y como hablar entre dientes. Entonces, los espíritus exigieron que ataran al perro de quince años y al gallo de tres junto a ella, y Boldo Bayan hizo que se siguieran sus órdenes. Finalmente, ya dentro del trance, Nari Fiyanggo le quitó el tambor y acomodó a Nishan Shaman en el suelo, para luego acompañarla con el tambor durante su viaje al otro mundo.

Nishan Shaman se elevó en el aire rodeada por sus auxiliares, los espíritus ongon, y se alejó de su cuerpo sin mirar atrás, hasta que llegó a un río, donde vio a un anciano en una barca. Mientras el anciano la llevaba al otro lado del río, Nishan Shaman le preguntó:

―¿Pasó alguien ayer el río?

―El único que vino por aquí fue Mongoldai Nagts –dijo el barquero–, que llevaba consigo el alma de Heregdei, para entregársela al propio Erleg Khan, señor del inframundo.

Mongoldai Nagts es el guardián de las puertas del inframundo, sirviente de Erleg Khan, de modo que todo coincidía con lo que los shagai habían indicado a través de los espíritus.

No mucho más tarde llegó al río Dolbor. Al otro lado se abría la puerta del inframundo. Pero allí no había barquero, de modo que Nishan se puso de pie sobre su tambor y, con la ayuda de los espíritus, se trasladó hasta la orilla opuesta.

Camino a la morada de Erleg Khan se encontró con unos espíritus kut, unos espíritus malvados, aunque fáciles de engañar, que le intentaban impedir el paso. Pero Nishan Shaman se los quitó de encima ofreciéndoles un poco de la comida del banquete funerario de Heregdei.

Entonces, llegó a la morada de Mongoldai Nagts. Cualquier otro chamán se habría sentido angustiado de tener que enfrentarse al guardián del inframundo, pero ése no era el caso de Nishan Shaman. Echando mano de su tambor, entonó un canto chamánico hasta que Mongoldai salió afuera.

―¿Qué haces aquí berreando esa horrorosa canción? –le preguntó– ¿Qué te trae por aquí, Nishan Shaman?

Sí, la conocía, y sabía que era una oponente formidable.

―¿Por qué te has llevado a ese muchacho? –respondió ella– ¿No te parece que es demasiado joven para arrebatarle la vida y privarle de un futuro esperanzador?

―Me lo llevé porque me lo ordenó Erleg Khan. Quería someterlo a prueba, pues vio que disparaba muy bien con el arco. Pasó la flecha por el agujero de una moneda que habíamos puesto en una alta pértiga, y luego combatió con nuestros campeones de lucha, y los venció. De modo que Erleg Khan se ha encaprichado de él y lo ha adoptado como hijo.

Y, con una sonrisa ufana, añadió:

―No vas a poder llevártelo.

Pero el comentario no desalentó en modo alguno a Nishan Shaman.

―Entonces, no fue culpa tuya. Sí, quizás seas buena persona. De todos modos, intentaré llevarme a Heregdei.

La joven chamana prosiguió su camino hasta que llegó a la morada de Erleg Khan, que era una impenetrable fortaleza. Buscó un claro de árboles en un bosque cercano, se sentó en el suelo, tomó su tambor y se puso a cantar nuevamente una de sus canciones de chamana, invocando a todos los animales terrestres y a todas las aves para que vinieran en su ayuda.

De pronto, la luz del sol dejó de caer sobre el claro del bosque; el cielo se oscureció. Era Garuda, la gigantesca ave, reina de todos los pájaros. Se posó en el claro y Nishan Shaman le pidió que entrara en la fortaleza de Erleg Khan y trajera a Heregdei.

La inmensa ave se remontó de nuevo en el cielo y pasó sobre los muros de la fortaleza de Erleg Khan. Desde las alturas, vio a Heregdei jugando con otros chicos con unos shagai de oro y plata. Se desplomó de entre las nubes sobre él y lo atrapó con sus poderosas garras, para elevarse de nuevo a las alturas en dirección al bosque.

Los chicos que estaban jugando con Heregdei huyeron despavoridos y fueron entre gritos a contarle a Erleg Khan lo sucedido. Éste, furioso, hizo llamar a Mongoldai Nagts.

―¡Más te vale no haber tenido nada que ver con esto! –le dijo Erleg Khan cuando llegó– Pues, de lo contrario, lo lamentarás.

―Tiene que haber sido Nishan Shaman –respondió atemorizado Mongoldai–. Ninguna otra chamana o chamán habría sido capaz de hacerlo.

―¡Pues ve tras ella! –bramó Erleg Khan– ¿A qué esperas?

A todo esto, Garuda había dejado ya el alma de Heregdei en el claro del bosque, y Nishan Shaman lo había transformado en un minúsculo guijarro y se lo había metido en un oído. Sin perder más tiempo, le dio las gracias a Garuda y emprendió el camino de vuelta, pero Mongoldai Nagts no tardó en darle alcance.

―Querida hermana mayor, me gustaría hablar contigo un instante –le dijo el guardián del inframundo en tono conciliador, porque le había llegado al corazón aquello de «quizás seas buena persona».

»Hay cosas que no están bien, y tú lo sabes –prosiguió, adoptando una actitud aleccionadora–. No está bien secuestrar muchachos haciendo uso de tus poderes chamánicos. No puedes llevarte algo tan valioso sin dejar otra cosa a cambio, sin pagar un precio. ¿No te parece?»

―Puedo darte todo un banquete funerario, para que lo disfrutes tú solo –dijo Nishan Shaman sin perder su aplomo.

―Eso no es suficiente –respondió Mongoldai–. Erleg Khan me despellejará si no le llevó una buena compensación por el chico. Como te dije, se ha encaprichado de él, y unas cuantas viandas no van a ser suficientes para compensar su pérdida.

―¿Quieres un perro y un gallo? –preguntó entonces la joven chamana.

Mongoldai guardó silencio, reflexionando.

―Bueno… –dijo el guardián– Mi señor no tiene perros para la caza, ni tampoco un gallo que cante cuando termina la noche.

Entonces, Nishan Shaman encontró un resquicio para aprovechar la ocasión.

―Te los daré –dijo, y añadió–, pero sólo si me prometes que alargarás la vida del muchacho.

―Bueno –accedió Mongoldai–, le daré veinte años más de vida.

―Muy poco –respondió Nishan–. Aún era un mocoso cuando te lo llevaste.

―Le daré treinta años más de vida.

―Muy poco. Aún no había sentado la cabeza cuando te lo llevaste.

―Le daré cuarenta años más de vida.

―Muy poco. Aún no había recibido ningún honor cuando te lo llevaste.

―Le daré cincuenta años más de vida.

―Muy poco. Aún no era sabio cuando te lo llevaste.

―Le daré sesenta años más de vida.

―Muy poco. Aún no había disparado el arco como un verdadero hombre cuando te lo llevaste.

―Le daré setenta años más de vida.

―Muy poco. Aún no había desarrollado sus destrezas cuando te lo llevaste.

―Le daré ochenta años más de vida.

―Muy poco. Aún no había entendido las cosas de su edad cuando te lo llevaste.

―Bueno, pues le daré noventa años más de vida, pero no le daré más. No padecerá enfermedades hasta los sesenta años, y tendrá nueve hijos e hijas. Podrá mear de pie toda la vida y cagar en cuclillas.

―De acuerdo –dijo Nishan Shaman–. Eso me parece bien.

Y, entregándole al perro y al gallo, añadió:

―Puedes llamar al gallo diciendo «Ashi, ashi», y al perro diciendo «Ceo, ceo».

Y partió a toda prisa sin siquiera despedirse.

Mongoldai quiso poner a prueba lo que le había dicho Nishan.

―¡Ashi, ashí! ¡Ceo,ceo!

Y el gallo y el perro se fueron corriendo tras la chamana. A duras penas les dio alcance Mongoldai.

―Hermana mayor, ¿por qué te burlas de mí? –dijo el guardián, rendido, casi sin aliento–. Cuando llamo a los animales huyen de mí. Mi señor no va a estar contento conmigo, y eso no sólo me va a causar problemas a mí, sino también a ti.

Nishan se echó a reír por su travesura.

―¡Vale, ya me he divertido bastante! Al gallo debes llamarle diciendo «Gu, gu» y al perro «Eri, eri».

Mongoldai puso a prueba las palabras y, esta vez, los animales acudieron a él, de modo que dio media vuelta y emprendió el camino de regreso a la fortaleza de Erleg Khan, mientras el perro meneaba la cola, sintiéndose liberado de su viejo cuerpo.

Nishan Shaman prosiguió su viaje de regreso hasta que, de pronto, se encontró con su marido fallecido, que estaba a un lado del camino, calentando un caldero de aceite con un fuego hecho de tallos de sorgo. Se le veía furioso.

―Mi voluble Nishan, te estaba esperando –dijo saliéndole al paso en el camino–, ¿cómo es que arrebatas de las garras de la muerte a otros y no me has devuelto a la vida a mí, a tu querido marido, que cuidó de ti desde que eras pequeña?

Y, dejándose de sarcasmos, añadió:

―¡O me devuelves al mundo de los vivos o te arrojo ahora mismo al caldero de aceite hirviendo!

―Querido marido, escúchame bien, escucha con atención –dijo Nishan Shaman sin dejarse amilanar por él–. Abre los oídos y no te pierdas ni una sola palabra. No puedo devolverte ya a la vida, pues tu cuerpo hace tiempo que se descompuso. Músculos y tendones yacen cada uno por su lado, y la carne se ha soltado de los huesos. ¿Cómo quieres que te resucite?

»Además –añadió–, date por satisfecho con que esté cuidando de tu madre. ¡Déjame pasar!»

El marido apretó los dientes, lleno de cólera, y gritó:

―¡Maldita Nishan, escucha! Mientras estuve contigo me despreciaste, decías que era un miserable y nunca tuviste ojos para mí. Sabes bien dentro de ti que esto es verdad. Te has comportado siempre según tus caprichos, y si cuidas de mi madre ahora es, sin duda, por capricho. ¡Decide de una vez si vas a entrar en el caldero por ti misma o te arrojo yo a él!

Y Nishan, roja de cólera, respondió:

―¡Escucha, querido marido! Cuando tú te fuiste, ¿qué me dejaste? No dejaste nada tras de ti, salvo una madre en la miseria. Yo aún tenía doce años. Según las costumbres de nuestro pueblo, yo podría haber hecho mi propia vida y haberme olvidado de ella. Pero no, me compadecí de ella y me quedé a su lado, cuidándola como si fuese su hija.

»Pero veo que la muerte no te ha enseñado nada –continuó Nishan, mientras el marido estaba a punto de abalanzarse sobre ella–, de modo que será mejor que vayas allí donde todos son como tú.»

Y, levantando las manos al cielo, Nishan Shaman invocó a los espíritus:

―Gran grulla que vuelas sobre los bosques, arrebata a mi marido con tus garras y arrójalo en Ela Guren, para que no vuelva a encarnar en este mundo, sino en otro donde todos sean tan miserables como él.

Una sombra se cernió sobre ellos y, súbitamente, unas garras arrebataron al marido al cielo y nunca más volvió a saber de él.

Nishan Shaman prosiguió su camino con el corazón compungido, triste por lo sucedido, pero convencida de lo acertado de su decisión. Poco después, como en un murmullo, se puso a cantar:

Sin marido, seré feliz.

Sin un hombre a mi lado, puedo ser dichosa.

En la familia de mi madre llevaré una buena vida.

Pasarán los años y viviré con alegría.

Puedo vivir feliz sin hijos.

Puedo tener amor sin cuidar de una familia.

Disfrutando de mi juventud, viviré sin preocupaciones.

Apresuró el paso para llegar cuanto antes al mundo de los vivos, pero se encontró de pronto con una torre muy alta rodeada de nubes de colores. En la puerta, unos enormes guardias con armadura dorada, blandían sendas mazas de hierro.

―¿Qué es esto? –preguntó Nishan a los guardias.

―Es la morada de Umai, la diosa que hace que se desplieguen las hojas de los árboles y que se extiendan las raíces bajo el suelo –dijo uno de los guardias.

―Es la diosa madre –dijo el otro–, la que da hálito a las almas de todos los seres en el momento de nacer.

―¿Y yo podría entrar para presentarle mis respetos a la diosa Umai? –preguntó Nishan.

―Por supuesto –dijeron los guardias, sintiendo que no había nada que temer de ella.

El aire en la torre estaba envuelto en neblina de colores, una neblina que parecía salir de los incensarios que portaban dos mujeres bellamente ataviadas, apostadas en las puertas de los aposentos de Umai.

―¿No eres tú Nishan Shaman –le preguntó una de ellas–, la que vive junto al río Nishinai, en la tierra de los vivos?

―Sí, soy yo–respondió Nishan–. Pero, ¿quién eres tú que no te reconozco?

―Yo era la esposa de Nari Fiyanggo. Fallecí a causa de la viruela hace dos años. ¡Éramos vecinas!

―¡Claro! –exclamó Nishan reconociéndola al fin– ¿Cómo pude olvidarme?

Hicieron pasar a Nishan a una inmensa cámara. En el centro había una anciana de cabellos blancos, y a su alrededor había miles de asistentes cuidando de miles de bebés, que eran las almas de los que aún tenían que nacer.

Nishan se dirigió a la anciana diosa, se arrodilló ante ella y se postró nueve veces.

―¿Quién eres tú que te has atrevido a venir a un lugar tan peligroso? –le preguntó Umai.

―En el mundo de los vivos me conocen como Nishan Shaman –dijo ella–. Voy de regreso a mi mundo, pero no quería irme de aquí sin saludar antes a la divina abuela.

―¿Cómo pude olvidarme de ti? –se preguntó extrañada Umai– Cuando te llegó el momento de nacer, no querías irte, de modo que te puse el gorro de chamana en la cabeza y te di el tambor. Y lo cierto es que deseaba que volvieras aquí, para poder enseñarte las consecuencias de obrar bien u obrar mal, para que puedas enseñar esto en el mundo de los vivos. Ve a dar una vuelta con mi sirvienta. Ella te lo mostrará todo.

Una mujer la llevó fuera de la torre y le mostró el Gran Sauce del Mundo, que une los tres mundos, abundante en hojas y flores de los cinco colores. Luego la llevó a otro sitio donde había todo tipo de animales, de aves, peces, insectos y todo tipo de criaturas.

―Aquí es donde damos la vida a todos los seres vivos –dijo la mujer.

A continuación, aquella dama la llevó a contemplar desde la altura Ela Guren, el lugar adonde iban los más perversos y malvados antes de reencarnar en un mundo donde todos eran como ellos. A Nishan no le gustó lo que vio allí, y pensó con tristeza en su marido, pero supo que era como tenía que ser.

«Los que no cambian sus caminos de maldad y hacen tanto daño a los demás tienen que aprender del dolor para variar de rumbo, y sólo pueden hacerlo cuando sufren a otros malvados como ellos», pensó para sí.

Después la llevaron a un sitio parecido a un tribunal, que era donde Erleg Khan determinaba el destino de las almas, en función de sus acciones pasadas en la tierra de los vivos.

Tras mostrársele todas estas cosas, la mujer la llevó de nuevo ante la diosa Umai.

―Ahora ya sabes cómo son las cosas –le dijo la diosa–. Ve y cuéntaselo a todo el mundo.

Y, tras recibir sus bendiciones, Nishan Shaman prosiguió su camino hasta llegar al río Dolbor, donde, una vez más, se subió sobre su tambor y cruzó volando las aguas que la separaban de la tierra de los vivos.

Nari Fiyanggo, que seguía tocando el tambor, se percató de que Nishan había regresado, de modo que, dejando el tambor a un lado, se aproximó a ella y le roció el rostro con agua.

Todavía en trance, Nishan Shaman relató lo ocurrido.

―¡Escuchad todos, escucha Boldo Bayan, lo que tengo que decir! Garuda arrebató a tu hijo de la fortaleza de Erleg Khan, que le había tomado como hijo adoptivo; me lo trajo y yo lo escondí como un minúsculo guijarro en mi oído. Ahora lo devolveré a su cuerpo. Hice un trato con Mongoldai Nagts, según el cual a tu hijo se le añadirán noventa años a su vida y tendrá nueve hijas e hijos. A cambio, Mongoldai se ha llevado el perro y el gallo, para entregárselos a Erleg Khan como compensación por la pérdida de Heregdei.

»Estuve también en la torre de la diosa Umai, y le pedí a ella también por Heregdei, tu hijo. La divina abuela hizo que me mostraran las consecuencias de las buenas y las malas acciones en la vida, y vi lo que ocurre con aquéllos que se obstinan en hacer el mal a su alrededor, y lo lamenté por ellos, pues su destino es muy duro hasta que aprenden a caminar por el camino de la bondad.»

Aun estando en trance, no dijo nada acerca de su marido. Algo en lo más profundo de ella se lo impidió, pues sintió que su suegra habría sufrido indeciblemente al conocer el destino de su hijo.

Cuando dejó de hablar, Nari Fiyanggo le pasó por encima una ramita de enebro, y Nishan Shaman despertó finalmente.

Con su abanico de chamana, Nishan Shaman aventó el alma de Heregdei de vuelta a su cuerpo; y, de pronto, el muchacho se revolvió e, incorporándose, pidió agua.

―He dormido durante mucho tiempo –dijo el chico tras dar unos sorbos en un cuenco–. He tenido muchos sueños.

Entonces le contaron que no habían sido sueños, sino que Nishan Shaman le había traído de vuelta desde el inframundo. Al enterarse de todo, se arrodilló ante la chamana y le dio las gracias por lo que había hecho.

―En verdad que sois una chamana prodigiosa –dijo el padre, Boldo Bayan, con lágrimas en los ojos al ver a su hijo de nuevo con vida.

Y, quitándose la capa de sus hombros, se la puso a Nishan Shaman, ofreciéndole a continuación vino en una copa de cristal. Finalmente, dio orden para que todo su oro, plata, sedas y rebaños se dividieran en dos partes, y que una de ellas se le entregara a Nishan Shaman.

―¡Y, ahora, celebremos el regreso a la vida de mi hijo! –exclamó el rico funcionario imperial, eufórico.

Y comieron y bebieron vino todos hasta que terminaron embriagados.

 

Adaptación de Grian A. Cutanda (2020).

Bajo licencia Creative Commons CC BY-NC-SA.

 

Comentarios

Éste es un relato ampliamente extendido por el sur de Siberia, Mongolia y el norte de China, entre los pueblos mongoles y tungúes, y está arraigado en una profunda tradición oral. Y digo esto porque su primera plasmación por escrito parece situarse a principios del siglo xx, no siendo traducido al inglés hasta 1969, ni publicado en este idioma hasta 1977 (Yen, 1980).

Para esta adaptación de un relato del Tengerismo, el chamanismo mongol –y siberiano en general–, he tomado como base la versión de Sarangerel Odigon (1963-2006), importante chamana buriata fundadora del Golomt Tuv, la asociación de chamanes mongoles. La versión de Odigon tiene la peculiaridad de que combina rasgos de las versiones manchú y daur, con lo cual la adaptadora buscaba captar el sabor mongol del relato.

Sin embargo, de la versión de Odigon, no he querido incluir la sección final, en la que la suegra se venga de lo que Nishan Shaman hace a su hijo y urde una trampa con el propio emperador, en la cual Nishan Shaman sufre poco menos que un castigo eterno. No por casualidad, este final de la historia no aparece en otras versiones del relato (Nowak y Durrant, 1977). Esto me lleva a sospechar que quizás fueran secciones añadidas posteriormente con el fin de «desactivar» de algún modo el poder femenino expresado por Nishan Shaman, tras el tránsito de la sociedad manchú desde la filiación matrilineal a la filiación patrilineal, según propone Lévi-Strauss (1969, p. 449).

Durrant (1979) también señala que esta sección final parece un añadido posterior para apuntalar el patriarcado, que queda muy maltrecho en este relato. Obsérvese que, además del episodio en el que despacha al maltratador marido difunto, Nishan Shaman se halla en todo momento en una posición superior a los hombres, incluso burlándose de ellos: haciendo que el rico funcionario se arrodille delante de otras dos mujeres cuando está buscándola; con otro hombre, Nari Fiyanggo, como auxiliar suyo en el ritual; arrebatando a Heregdei nada menos que del propio hogar del señor del inframundo, Erleg Khan; y humillando al guardián de las puertas del otro mundo, Mongoldai Nagts, cuando éste intenta detenerla en su regreso a la tierra de los vivos. Para colmo, la joven chamana rinde visita a toda una Diosa de la Fertilidad antes de regresar triunfante con Heregdei. De ahí que Durrant termine indicando que existe una profunda contradicción cultural en ese final trágico para la chamana, que debió ser añadido, con casi toda seguridad, posteriormente, cuando el patriarcado se impuso finalmente.

Durrant (1979) resalta además que, conociendo la cultura manchú patriarcal, el episodio de Nishan Shaman con su difunto marido supone «la más abrasiva violación de las normas sociales manchúes» (p. 344), y hace notar que, entre los manchúes, la inmensa mayoría de los chamanes eran, y son, mujeres. De hecho, existen sólidas evidencias que indican que, durante la dinastía Shang (1600 a 1046 a.e.c.), el chamanismo era una función femenina.

Por tanto, aunque la historia se cuenta en un claro entorno patriarcal –de hecho, Durrant (1979) sitúa la forma manchú del relato en el siglo xvii–, es muy posible que tenga sus orígenes ancestrales en una tradición oral marcadamente matriarcal. En este sentido, reflejaría un pasado matrilineal largo tiempo desaparecido, como sugiere Lévi-Strauss, sobre todo por la pérdida de la identidad cultural ante el empuje chino.

En cuanto al relato en sí, nos cuenta en definitiva un ritual dolbor de recuperación de un alma desde el inframundo para traerla de nuevo a la vida física. Este ritual se sigue practicando hoy en día, según Odigon (2012), pero sólo pueden hacerlo chamanas muy experimentadas, pues dicen en el Tengerismo que el proceso está lleno de peligros, incluido el de la pérdida de la propia alma de la chamana.

Desde este enfoque, se podría ver el chamanismo como una mediación (Yen, 1980), pues «es un proceso de autocuración por el cual se impone el orden sobre el caos, además de un medio para restaurar el equilibrio entre la persona o el colectivo y el entorno» (Yen, 1980, pp. 88-89).

Pero obsérvese, asimismo, el carácter comunitario de los viajes espirituales de este chamanismo –esencialmente femenino, como hemos visto–, a diferencia de los viajes espirituales propios del misticismo de otras tradiciones. Como señalaba el psicólogo, teólogo y tibetólogo Fokke Sierksma,

Un chamán es alguien que pasa por una crisis espiritual, en la cual una visión determina su vocación, adquiriendo de ahí la capacidad para controlar los estados de trance y de éxtasis. El chamán o la chamana hace un uso consciente de esto en beneficio de la comunidad, viajando en trance al mundo superior o al inframundo, acompañada por sanadores espirituales, para transmitir allí peticiones a los dioses o los espíritus, o para obligarles, a veces de manera muy agresiva, a adoptar una actitud más amable con la humanidad. Así, el chamán es un conductor de almas, un sanador, obrador de milagros y, en ocasiones, también un sacerdote. Pero difiere en esencia del sacerdote y de otros funcionarios religiosos en su técnica del éxtasis. (Sierksma, 1966, p. 71; citado por Durrant, 1979, p. 338)

Y Durrant añade a continuación:

Debe diferenciarse al chamán de otras figuras religiosas que se sumergen en andanzas celestiales con el exclusivo propósito de su propia edificación. Pues, como Sierksma señala acertadamente, el chamán es parte de una comunidad religiosa que actúa en beneficio de la comunidad. (1979, pp. 338-339)

Sin embargo, el papel social del chamanismo mongol no termina aquí, en tanto en cuanto estaba estrechamente vinculado también con la narración de historias. En este sentido, como indica Odigon (2012), chamanes y bardos cumplen un papel similar, preservando las tradiciones ancestrales.

 

Fuentes

  • Durrant, S. (1979). The Nišan Shaman caught in cultural contradiction. Signs, 5(2), 338-347.
  • Lévi-Strauss, C. (1969). Las estructuras elementales del parentesco. Barcelona: Paidós Ibérica.
  • Nowak, M. C. y Durrant, S. (1977). The Tale of the Nišan shamaness: A Manchu Folk Epic. Seattle: University of Washington Press.
  • Odigon, S. (2012). Nishan Shaman. Circle of Tengerism: Buryat Mongol Homepage. Recuperado el 18 de Septiembre de 2013 de http://www.tengerism.org/Nishan_Shaman.html
  • Yen, A. (1980). Book review: The tale of the Nišan Shamaness. A Manchu folk epic. The Journal of American Folklore, 93(367), 88-90.

 

Texto asociado de la Carta de la Tierra

Principio 11a: Asegurar los derechos humanos de las mujeres y las niñas y terminar con toda la violencia contra ellas.

 

Otros pasajes de la Carta que puede ilustrar

Principio 2b: Afirmar, que a mayor libertad, conocimiento y poder, se presenta una correspondiente responsabilidad por promover el bien común.

Principio 6c: Asegurar que la toma de decisiones contemple las consecuencias acumulativas, a largo término, indirectas, de larga distancia y globales de las actividades humanas.

Principio 8b: Reconocer y preservar el conocimiento tradicional y la sabiduría espiritual en todas las culturas que contribuyen a la protección ambiental y al bienestar humano.

Principio 8c: Asegurar que la información de vital importancia para la salud humana y la protección ambiental, incluyendo la información genética, esté disponible en el dominio público.

Principio 11b: Promover la participación activa de las mujeres en todos los aspectos de la vida económica, política, cívica, social y cultural, como socias plenas e iguales en la toma de decisiones, como líderes y como beneficiarias.

Principio 11c: Fortalecer las familias y garantizar la seguridad y la crianza amorosa de todos sus miembros.

Principio 12b: Afirmar el derecho de los pueblos indígenas a su espiritualidad, conocimientos, tierras y recursos y a sus prácticas vinculadas a un modo de vida sostenible.