Justo lo suficiente

Judaísmo ashkenazi – Rusia

 

Jacob comenzó a ayudar a su padre en la sastrería siendo muy joven. Con él aprendió a medir, cortar, coser y planchar, asistiéndole en el diseño y la confección de trajes y otras prendas para los hombres ricos de la ciudad. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, y a medida que le fue tomando gusto al oficio, Jacob comenzó a soñar con diseñar su propia ropa. Su sueño era hacerse, algún día, un abrigo con un tejido especial, un tejido como aquéllos que utilizaba su padre para los mejores encargos.

         Con el paso de los años, Jacob fue planificando cómo sería aquel abrigo y con qué tejido lo haría, mientras iba ahorrando el poco dinero que su padre le iba dando por ayudarle en la sastrería. Finalmente, tras varios años de espera, el joven tuvo el dinero suficiente para comprar el costoso tejido que deseaba.

         Una vez con el paño, Jacob estuvo trabajando por las noches para confeccionarse el anhelado abrigo, hasta que, por fin, un día, se presentó en el taller de su padre con la obra terminada.

         —¡Qué bien lo has hecho, Jacob! –dijo el padre, orgulloso del trabajo de su hijo– Es evidente que te has convertido en un sastre de pleno derecho.

         Jacob adoraba aquel abrigo y, en cuanto llegaban los fríos, no perdía ocasión de ponérselo. Pasaron los años y, un día, en una mañana ventosa de invierno, vio a una joven tiritando de frío, por ir cubierta sólo con un chal. Jacob se le acercó y le ofreció su abrigo, y luego la acompañó hasta su casa, mientras charlaban por el camino. Aquella joven –Sara se llamaba– era encantadora. ¡Dos años después se casaban!

         En la planta baja de la casa que alquilaron para hacer su hogar montó Jacob su propia sastrería, mientras su buena mano le proporcionaba clientes entre la alta burguesía. Pasaron los años y Jacob siguió llevando su abrigo como su más preciada prenda, hasta que un día, al tomarlo de la percha, dijo:

         —Mi viejo abrigo… ¡qué desgastado está! Fue mi sueño durante muchos años, un sueño que se hizo realidad. ¡Y qué orgulloso estaba mi padre de mí! Además, fue gracias a este abrigo que nos conocimos –le dijo a Sara–. Pero ya no queda nada de él. ¡Nada!

         Aunque, súbitamente, se le iluminó la mirada.

         —Sin embargo –musitó entre dientes–, queda justo lo suficiente.

         En vez de deshacerse del abrigo, Jacob se metió en su taller y se puso a cortar, medir y coser. Estuvo trabajando hasta altas horas de la madrugada, pero, al llegar la mañana, Sara le vio aparecer con una chaqueta nueva… hecha con las secciones del tejido aún utilizables.

         Jacob adoraba su chaqueta y, claro está, la llevaba puesta a todas partes. Por aquel entonces, Sara tuvo gemelas y, dos años después, ocurriría algo que le quedaría intensamente grabado a Jacob en su memoria. Una mañana, temprano, a finales del otoño, Jacob descubrió al mirar por las ventanas que, durante la noche, había nevado. Sin pensárselo dos veces, se fue al dormitorio de las gemelas, las despertó y dijo:

         —¡Vamos niñas! ¡Vamos a divertirnos con la nieve!

         Y, abrigándolas con su chaqueta, salió fuera con las niñas en los brazos, y se puso a bailar con ellas en medio del blanco paisaje en que se habían convertido las calles de la ciudad. Todo eran risas y más risas, dando vueltas como en un carrusel, mientras Sara les contemplaba desde la puerta de casa.

         Jacob aún llevó aquella chaqueta durante años, hasta que, como sería de esperar, la tela envejeció.

         —Vas a tener que desprenderte finalmente de esta chaqueta –le dijo Sara un día cuando le vio llegar de la calle.

         —Sí –respondió él con tristeza–. Esta chaqueta ha sido muy importante para mí. ¿Te acuerdas de aquel día, cuando saqué a las niñas a la nieve envueltas en la chaqueta y nos pusimos a bailar? ¡Qué buenos recuerdos! Pero ya no queda nada de la chaqueta. ¡Nada!

         Y, mientras miraba tristemente la prenda, una sonrisa pícara se dibujó de pronto en su rostro.

         —Quizás quede lo suficiente –dijo mirando enigmáticamente a Sara–. ¡Justo lo suficiente!

         En vez de deshacerse de la chaqueta, Jacob se metió de nuevo en su taller y, al cabo de unas horas, salió de allí con una bonita gorra ajustada a su cabeza, una gorra hecha con los restos aún útiles del tejido.

         —¿Qué te parece? –le preguntó a su mujer.

         Como no podía ser de otra manera, Jacob adoraba su gorra y la llevaba siempre puesta, a veces incluso dentro de casa.

         Pero, de pronto, el país se vio asolado por una hambruna terrible. Las cosechas se perdieron, y la gente no tenía casi que comer, al punto que hasta los ricos redujeron en gran medida los encargos de ropa que antaño le hicieran. Ante las necesidades, Sara hizo un huerto en el patio trasero de la casa, con lo que al menos podían comer patatas, judías, zanahorias y alguna que otra col. Pero, ¡cuánto echaban de menos los dulces en la familia! Un manjar inalcanzable en aquellas circunstancias.

         Un día, mientras la familia se hallaba en un bosque cercano a la ciudad recogiendo leña, una de las niñas se encontró de pronto entre unas rocas con unos matorrales llenos de moras maduras. ¡Qué alegría y qué risas en toda la familia! ¡Y qué dulces estaban las moras! Finalmente, pensaron en llevarse las moras restantes a casa con el fin de hacer un pastel aquella misma noche. Pero, ¿dónde llevarlas?

         —¡En mi querida gorra! –saltó de pronto Jacob lanzando una risotada.

         La gorra, aunque manchada por dentro por las moras, aún le duraría a Jacob otro buen número de años. Sus hijas se harían mujeres y se prometerían con dos jóvenes apuestos y prometedores, mientras Jacob veía cada vez más cabellos blancos en el interior de su querida gorra cada vez que se la quitaba.

         —¡Oh, mi vieja gorra! –se lamentaba– Ya empieza a parecer un trapo. No queda nada de ella. ¡Nada!

         Pero, una vez más, el ingenio del consumado sastre volvió a brillar a través de sus ojos.

         —Bueno… quizás aún quede algo –dijo dándole vueltas a la gorra de un lado a otro–. ¡Justo lo suficiente!

         En vez de deshacerse de la gorra, Jacob se metió en su taller y, al cabo de una hora, salió de allí con una pajarita al cuello.

         Con aquella pajarita asistió a las bodas de sus hijas y, posteriormente, a los nacimientos de sus nietos. Una tarde, cuando su nieta mayor empezó a hablar, tuvo una graciosa ocurrencia. Mientras estaba en el regazo de su abuelo jugando con la pajarita, la niña exclamó entre risas:

         —¡Abuelo, tienes una mariposa en el cuello!

         A partir de entonces, la «mariposa» del abuelo se convertiría en objeto de entretenimiento y diversión, toda vez que los nietos llegaban a casa y Jacob se quitaba la pajarita para simular que era una mariposa volando por la casa.

         Pero un día, al regresar del mercado y dejar el abrigo en la percha, Sara le dijo:

         —¿Dónde está tu pajarita?

         Jacob se llevó raudo la mano al cuello, tremendamente preocupado.

         —Se me debe haber caído –dijo con voz temblorosa–. Volveré a ver si la encuentro.

         Jacob regresó sobre sus pasos hasta el mercado, y fue visitando todos los lugares, las tiendas y las calles, por los que habían pasado. Buscó y rebuscó en todos los rincones, preguntó a unos y a otros, pero fue en vano. Volvió a última hora de la tarde, deprimido, sin apetito. No queriendo cenar, se fue directo a la cama.

         A la mañana siguiente Jacob no quería levantarse. Estaba profundamente deprimido.

         —Ahora sí que no queda nada –le decía lastimeramente a Sara–, ¡nada de aquel tejido de mi juventud! ¡Con la de cosas que he vivido con él! Es como si hubiera perdido de pronto mis recuerdos, como si hubiera perdido a alguien muy querido.

         Sara no le dijo nada. Ni siquiera intentó consolarlo. Sin mediar más palabras, le dijo que iba a salir a hacer unas compras y se dirigió a buscar a sus hijas.

         —Venid y traeros a los niños –les dijo.

         Cuando llegaron todas a casa, los pequeños enfilaron corriendo el camino hacia el dormitorio de Jacob y se lanzaron de cabeza a la cama de su abuelo, en medio de un gran alboroto.

         —¡No, no tengo ganas de jugar! –les advirtió Jacob–. El abuelo está muy triste. ¡He perdido mi pajarita!

         Pero las hijas tampoco se dejaron arrastrar por el sentimentalismo de su padre.

         —¡Papá, cuéntanos la historia de ese tejido tuyo! ¡Tus nietos no la conocen!

         —No, es muy triste –rechazó la idea Jacob.

         Pero los nietos se pusieron a rogarle al abuelo hasta que, finalmente, éste se decidió a relatarles la historia.

         Y les contó cómo había soñado con un abrigo, que confeccionaría él mismo con el más hermoso de los tejidos. Les contó lo orgulloso que se había sentido su padre, y cómo aquel abrigo le había hecho conocer a Sara. Les contó cómo el abrigo se había transformado en una chaqueta, y cómo había envuelto con ella a sus dos hijas para bailar en la nieve. Les habló de la bonita gorra que se había hecho después con los restos de la chaqueta, y de cómo en los tiempos del hambre habían hecho un pastel con las moras que habían guardado en su vieja gorra. Y les explicó cómo la gorra se terminó convirtiendo en una pajarita, con la que había asistido a las bodas de sus hijas y al nacimiento de todos sus nietos, para terminar finalmente siendo objeto de juegos con los niños.

         —Pero ahora ya no está la pajarita –les dijo a los niños nuevamente triste.

         —Lo que pasa es que la pajarita se convirtió al fin en una mariposa, abuelo, y se fue volando sin que te dieras cuenta –le dijo su nieta rememorando su ocurrencia.

         Jacob dio un largo suspiro, al cabo del cual dijo:

         —Sí, parece que mi querida pajarita se transformó en una mariposa y se fue volando. Y todas vosotras me habéis ayudado a darme cuenta de que mis recuerdos no se fueron volando con mi pajarita, que me quedan recuerdos suficientes para confeccionar una bonita historia, una historia que ya jamás perderemos, si me ayudáis a conservarla.

         Y así lo hicieron, y la historia se transmitió dentro de la familia a través de las generaciones.

 

Adaptación de Grian A. Cutanda (2018).

Bajo licencia Creative Commons CC BY-NC-SA.

 

Comentarios

Este relato se basa en las dos únicas adaptaciones que he encontrado de esta historia, la de Haske (2012) y la de Pearmain (2005). Ambas adaptaciones son muy parecidas, motivo por el cual no he querido distanciarme demasiado de las líneas principales del relato.

Además de ilustrar el principio 7a de la Carta de la Tierra, esta historia es ideal también para ilustrar algunos de los conceptos de la llamada Economía Circular, un enfoque sostenible del tratamiento de materiales que intenta utilizar eficazmente los recursos sobre la base de las siete R: repensar, rediseñar, reusar/compartir, reparar, renovar, reciclar y recuperar.

 

Fuentes

  • Haske, R. (2012). Just enough. A Woven Education (blog). Retrieved from http://awoveneducation.files.wordpress.com/2013/03/dream.pdf.
  • Pearmain, E. (2005). Just enough. In Skidegate Band Council (ed.), Comprehensive Community Development Plan, pp. 364-366. Vancouver, Canada: David Naime + Associates. Retrieved from http://www.skidegate.ca/documents/ccp/2005CCDP.pdf.

 

Texto asociado de la Carta de la Tierra

Principio 7a: Reducir, reutilizar y reciclar los materiales usados en los sistemas de producción y consumo y asegurar que los desechos residuales puedan ser asimilados por los sistemas ecológicos.

 

Otros fragmentos de la Carta que puede ilustrar

Principio 7f: Adoptar formas de vida que pongan énfasis en la calidad de vida y en la suficiencia material en un mundo finito.